miércoles, 2 de enero de 2013

LA CATORCE


Francisco Camacho es conocido por sus amigos del barrio como Cocolón. Se ganó este apelativo cuando en una de esas reuniones de esquina, en que hacían circular “una patucha de Cristal”, o sea, la botella pequeña y plana del licor de caña, le tocó su turno y al ver que sólo faltaban dos dedos del destilado para que se termine la botella, le dijo a su compañero de juerga, Pásame ese cocolón que yo me lo como, e ingirió de un solo trago el resto del corrosivo alcohol. Desde entonces y debido a esta hazaña lo llaman “El Cocolón”.

Cocolón camina entre la multitud en dirección de la cola para entrar a la general sur del estadio de Barcelona, en el camino va echando la chacota con quien conoce y no. El se siente en su habitad aquí, es uno de los más conocidos de la barra, “La Sur Oscura”.  Ezza mi colorada sabe pensar. Ábrele paso a la dama, ñaño, que lleva puesta la amarilla, Cocolón piropea a una chica de bonitas curvas que pasa cerca de él. ¡Broder! Hoy le ganamos al Olmedo y nos acercamos a la punta, le  grita a alguien que cree reconocer en la multitud. Es la “Joda”, o sea, todo el ambiente previo al encuentro, probablemente la mejor parte del día, pues todos saben que Barcelona no anda bien, y que el partido quizá no sea el que vinieron a ver. El dos mil cinco ha sido uno de los peores años del equipo, los hinchas vienen al estadio pero ya no en el volumen que antes, con la ilusión de que levante cabeza. Algunos hacen cálculos matemáticos y de partidos que podría ganar el equipo para llegar a la punta y así aspirar a algo, pero en el fondo saben que hará falta de mucha suerte para que esto pase. El partido de hoy es uno de los más accesibles para ganarlo, pues el Olmedo es uno de los rivales del campeonato que se muestra más débil, así que hay algo de optimismo.
Ya dentro del estadio empiezan los cánticos para alentar el equipo,  Dejaré el estudio por ti, dejaré el trabajo y vendré, a verte a ti… me voy pero te juro que el domingo volveré… Vas a ser por siempre mi pasión… Pero el equipo no responde. El primer tiempo termina con el marcador en cero, y eso porque un jugador del Olmedo, que se quedó en un mano a mano con el arquero Cevallos, no pudo embocarla, ¡Gracias a dios eres bruto!, le grita alguien desde la barra del Barcelona al jugador contrario, expresando la negra esperanza de que los otros estén peor para que no pierda su equipo.
En el segundo tiempo hace cambios el entrenador y reemplaza a un delantero por otro que es una contratación argentina. Pero este, a penas corre tras del balón se muestra cansado. Los hinchas, pese a que siguen cantando las barras para animar el equipo, están furiosos por tanto desdén de los jugadores y uno le grita, Esta chuchaqui ese hijoeputa, ¡sáquenlo! Ladrón hijoeputa te robas el sueldo del equipo. Les resulta indignante que ellos como hinchas hacen todo tipo de sacrificios, algunos dejan de lado sus responsabilidades con su familia para estar acá, y lo que ven son jugadores que salen a la cancha sólo para cumplir y sin ningún compromiso con el resultado del partido. No tienen ese amor o al menos algo de compromiso con su “Idolo”, el Barcelona.
El partido termina cero por cero, pero la verdad es que el Olmedo pudo haber ganado. La gente que está totalmente indignada con todos quienes llevan al equipo a este tipo de actuaciones vergonzosas, empieza a destruir lo que encuentra, para saciar su ira. Los cristales de los ventanales de la suite de los dirigentes caen hecho pedazos y algunos parabrisas de los autos de los jugadores. Los corredores de salida del estadio están llenos de gente que, o bien van taciturnos y cabizbajos, o expresan su rechazo con insultos a jugadores y dirigentes.
Francisco Camacho, en medio de esa multitud esta como enceguecido por una furia que no sabe cómo expresar. Va empujando a quien este en su camino, quizá esperando que alguien le reclame para desquitarse con él. Pero nadie reacciona, quizá entienden su estado de ánimo y lo dejan seguir. Cuando ya fuera del estadio, se da la vuelta para observarlo. Es una gigantesca estructura que se levanta sobre una colina de la ciudad, construido en los tiempos de más gloria del equipo, para albergar hasta ochenta mil personas. Se queda mirando un rato al estadio invocando su legendaria grandeza, como pidiéndole, tal si fuera una deidad, que regrese, que sea otra vez ese equipo del cual estaba orgulloso. Pero sólo ve un cielo turbio sobre él, entonces se da la media vuelta, camina unos pasos tambaleantes, como en un cuarto sin luz, se saca la camiseta amarilla tal si se la arrancara de la piel, la aprieta entre las manos, la lleva a su rostro para esconder unas lágrimas de varón herido que empiezan a salir, y luego, mientras desde el fondo de su alma lanza un grito desgarrador que eriza la piel de quienes están cerca, un grito qué es una pregunta sin respuesta, ¡¿Qué pasa con Barcelona!?, lanza también la camiseta de sus amores contra el asfalto. Un acto casi profano para él, y que por eso lo repara de inmediato recogiéndola del suelo para ponérsela en la espalda, como si le pidiera disculpas a su equipo y le ofreciera, una vez más e incondicional, sus hombros para llevarla con él, pase lo que pase.

La vida de Francisco, no ha estado bien, ocho años después de aquel partido y todavía hay huellas de dolor. Ese día se fue caminando hasta su casa con la cabeza casi sin ideas. Cuando llegó, encontró una nota de su esposa, decía que lo abandonaba. Los hermanos de ella hace tiempo ya que la estaban persuadiendo a que regrese a casa y traiga consigo al pequeño de dos años, hijo de la pareja. A Camacho no le ha ido bien en el trabajo por lo que ha descuidado su hogar, aunque a su entender nunca demasiado, pero claro, a sus cuñados les va mejor, así que finalmente convencieron a la hermana. Si hubiera actuado con mesura quizá su esposa aún estuviera con él. Pero ese no era el mejor día para una nota como esta, pues toda la rabia acumulada en el estadio se sumó  a la decepción de verse abandonado de las únicas personas que le importaban en la vida, su esposa y el pequeño Francisco, su mayor orgullo.  Así que ese día hizo todo lo que no debía, es decir, armó un escándalo épico en la casa de sus cuñados, destrozó todo lo que pudo, intentó ingresar a la fuerza para ir a ver a su hijo, vociferó contra su esposa con palabras que nunca antes le había dicho y que ella, al escucharlo, sintió que ya no era el hombre al que había amado. Nadie pudo detenerlo, parecía tener la fuerza de un animal, hasta que llegó la policía.

Pasó un mes en la cárcel y cuando salió tenía la orden de mantener distancia con su esposa e hijo. Después de este incidente su vida cambió de muchas maneras, se puede decir que envejeció aceleradamente desde ese instante y con la vejez le vino la responsabilidad. Aunque, su esposa ya no regresó con él.  Pero en medio de los cambios que hizo no estuvo incluida su pasión por Barcelona, pues sigue yendo cada domingo al estadio, sigue cantando las barras y ha seguido manteniendo el anhelo de verlo campeón, pese a los continuos fracasos del equipo.  Después de perder a su familia, siente que es la única razón que lo motiva para despertar cada día.  Para él no hay nada más verdadero, su sentimiento por el equipo es lo más puro que ha mantenido en toda su vida, es su mayor lealtad, lo único que lo hace un hombre de palabra, de ley, de honor. Cuando canta y alienta a su equipo se siente casi como un héroe luchando por una idea, es un caballero de armadura amarilla.

Hoy es día de futbol y nuevamente es un partido con el Deportivo Olmedo, pero en circunstancias muy distintas. Barcelona este año, el dos mil doce, ha hecho una de sus mejores campañas de la historia y hace unos pocos días atrás consiguió ser campeón otra vez después de catorce años de espera. Fue el miércoles que el resultado del partido entre Deportivo Quito y Emelec, el equipo que aún tenía aspiraciones de alcanzarlo, el que finalmente hizo que Barcelona se proclamara campeón por vez catorce, sin jugar aún el último partido de definición. Ese día en todo el Ecuador celebró la hinchada más grande del país y entre los que celebraba estaba Cocolón, aunque ya no hace mucho mérito a su sobrenombre pues participa muy poco de las reuniones de esquina. Pero eso sí, el día miércoles cuando Barcelona se proclamó campeón salió con la bandera amarilla y negra a la calle y se unió a un grupo del que rápidamente se volvió líder para marchar por una avenida de la ciudad, que hervía de felicidad, juegos pirotécnicos y canticos de las barras.
Por eso el partido de hoy es ya sólo relajamiento y celebración, pues sin importar el resultado habrá vuelta olímpica en el Monumental. Como es natural suponer el estadio esta a reventar, hay un ambiente electrizante, como si esas miles de personas convocadas allí, al sentir lo mismo y en el mismo momento, transformara todo el ambiente. El piso del estadio, las gradas, palpitaran, y el aire sobre la cancha contenido en el óvalo del estadio, parece conducir esas emociones. Los espectadores están ansiosos por gritar con los demás que Barcelona es campeón, que ya se consiguió aquel deseo que no fue por catorce años consecutivos y que ahora está sucediendo.  Ese ámbito que invade el estadio hace que todo suceda como si fuera por primera vez, las canciones, el partido, la premiación.  Por eso a Francisco Camacho, que observa desde las gradas a su equipo dando la vuelta olímpica con la copa conseguida, le parece que esto fuera producto de un encanto mágico, como en esos cuentos infantiles donde finalmente sucede todo de una manera esplendorosa, eterna, fascinante, muy distinta a la vida real. El esta saltando y cantando con sus compañeros de barra pero no se ve real, como si soñara. De pronto ve al presidente del equipo muy cerca de él, está a unos pocos metros sosteniéndose de la maya que separa el escenario de las gradas, siente que le dice en su grito, ¡Esto es real Francisco!, cuando  éste se suma al canto de los otros, Ídolo como te explico cuanto te amo yo; y que a donde vayas siempre ahí estoy yo; te doy mi vida y mi corazón... Y esto hace que por fin cobre conciencia de lo que está sucediendo, ve que a su lado está el pequeño Francisco con una camiseta amarilla, pues por primera vez su madre le ha permitido ir con su padre al estadio, él le sonríe como diciéndole todo está bien papá. A partir de entonces, Camacho siente que las emociones le llegan en vendabal, esa felicidad negada por años, la de estar con su hijo compartiendo un momento mágico, y lo que es más, celebrando un gran triunfo de su equipo. Ell corazón no le cabe en el pecho y suelta un llanto que ya no puede contener. Abraza muy fuerte a su pequeño de diez años, como si con ese abrazo pudiera sostener todo lo suyo, lo vivido y lo por vivir y guardarlo para la eternidad, ¡Somos campeones mijo!, le dice, ¡Tu y yo somos campeones! Y sigue llorando de felicidad, Si papá somos campeones,  y le diré a mi mamá que siempre me deje acompañarte a ver los partidos. Pero ya sécate esas lágrimas...

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