miércoles, 29 de abril de 2009



LAS DECICIONES QUE DEJAS DE TOMAR QUIZÁ SON LAS SOMBRAS EN LAS FOTOGRAFIAS DE TU DESTINO, QUE AUNQUE NO SON ESTAN...

El tiempo no espera y me vale


CAFÉ OLÉ

La luz de la luna, a través de los grandes ventanales con cortinas de raso, se filtraba apenas lo suficiente para cubrir su piel. Me había despertado por el ruido de gatos apareándose. Miré a mí alrededor y tuve la impresión de estar soñando algo demasiado real, de levitar, como aquellos espíritus que salen de su cuerpo mientras son resucitados en una sala de emergencias: esa cama no era mía, ni aquella enorme habitación, y la mujer vestida de luz blanca era un glamoroso fantasma o un ángel que yacía sobre una marejada de telas inmaculadas, inmóvil, como una maja impresionista, pero mucho más ajena al pudor. Su postura no escondía ningún rincón, ni había una gasa escrupulosa cubriendo sus más íntimas fragancias. Lentamente y con las yemas de mis dedos recorrí su relieve sin tocarlo. Su cabello derramado y su pubis imponente se proyectaban con un color distinto desde aquel telón de carne. Era una película 3D, sensoround, en blanco y negro, y muda: blanco su perfil enmarcado por los incontables hilos concéntricos de sus bucles negros, blancos sus pechos con tapas de cafetera, blanca la planicie de su vientre desde la que empezaban a derramarse las lustrosas vertientes de coral negro que terminan en una cascada de vértigo. Blanca y negra su desnudez sin pose. Tan natural, sin malicia, ni la gracia artificiosa de la coquetería y sin la concupiscencia del sexo. Como si la luz de la luna la hubiera purificado, y yo pudiera ver a La Mujer, aquella que se cultivó desde un hueso de mi pecho.
Al final el sol fue menguando el efecto y antes de perderlo por completo cerré los ojos, con la esperanza necia de un invidente que ha soñado volver a ver, utilizando la memoria detrás de los ojos para sostener esa imagen en mis retinas, ojalá por el resto de mis luces.