Sábado, 28 de agosto de 2010, 19:07:16
Hace como doce días me sometí a una cirugía para corregir una desviación de mi tabique. Unos días antes, específicamente faltando tres días para la operación, llegaron de pronto una serie de percepciones que se volvieron intimidantes. Se me ocurrió, por ejemplo, que mi vida podría estar en peligro, pues, es un dato cierto que en toda operación por más segura que parezca tiene un grado de riesgo de un mínimo del veinticinco por ciento. Y pensé, voy a tener un veinticinco por ciento de riesgo a morir frente a quizá cero si no me hiciera esa operación, un veinticinco por ciento de riesgo justo a ahora que mi vida me gusta casi un cien por ciento, me pregunté, ¿será que vale la pena? Ahora, pasado ya casi dos semanas, cuando mi estado de salud es ya muy estable y los resultados de la operación parecen bastante buenos, me sigo haciendo la misma pregunta y casi me inclino por pensar que no vale la pena. Antes de la operación sentí miedo como hace mucho tiempo no lo sentía. Siempre he enfrentado los avatares de la vida según se van presentando, como una situación cierta que deberé enfrentar pues ya está ahí y no me queda otra opción, pero programar una situación de peligro a sabiendas de los riesgos existentes es otra cosa, hay una gran diferencia, al menos para mí. Me considero una persona muy equilibrada y, por eso, dispuesta a enfrentar cualquier situación que se presente, pero he descubierto que no estoy tan preparado para asumir riesgos evitables. Sentí miedo, y es algo que no es muy común en mí. Fue el miedo de poner en riesgo algo que va marchando muy bien, y que podría seguir estando así y mejor sin necesidad de hacer aquello, que es para lograr una mejora, pero cuyo beneficio quizá no cambie demasiado mi vida frente a que si las cosas salieran mal resultaría ser algo muy grave. Lo que me asustaba era tomar una mala decisión, es decir, someterme a un riesgo demasiado alto frente a un beneficio relativamente pequeño y que esta mala decisión me lleve a la peor consecuencia. Creo que mi temor iba más allá del temor a perder la vida, era el de perder la vida por una decisión estúpida. En fin, todo esto me colocó de frente a una evaluación de todos los elementos que forman mi vida actual. Estoy de frente a la posibilidad muy cierta de hacer la publicación de mi primera novela, algo que desde ya me proporciona mucha satisfacción. Por otro lado tengo una linda familia, aunque estoy divorciado, específicamente mis hijos que me aman mucho y gozo de su amor, mis hermanos y mis padres; además tengo una mujer que me ama, y grandes amistades, especialmente el de una amiga muy autentica que me apoya siempre. Podría pedir más de la vida, pero lo que ya tengo es muy valioso y suficiente para crecer como humano. En los primeros minutos después de que supe que había sobrevivido a lo peor, o sea, después de la intervención quirúrgica lo primero que quise es abrazar a todos.
Faltando casi exactamente veinticuatro horas para la operación, mi percepción cambió de pronto de rumbo, en lo referente al miedo, este se anuló casi por completo. Ya se lo había preguntado a mi hijo y él me respondió, Sigue adelante no tengas miedo yo voy a estar contigo, y también se lo pregunte a mi novia y a mi amiga y sus respuestas fueron similares, eso cambió la situación un tanto porque ya no estaba solo de frente a una decisión, además, para esas horas ya era una decisión inamovible por lo que ya no me enfrentaba a ella, sino directamente a la cirugía misma y eso era distinto, pues para eso estoy preparado, para enfrentar de la mejor manera posible cualquier riesgo que ya está, y fue eso lo que hice. La mejor manera de enfrentar una situación como esta es tener el mejor ánimo posible para que el organismo goce de una disposición optima para responder a cualquier ataque, es decir, para el efecto invasivo y traumático de una operación, también me conecté espiritualmente con mis más allegados para tomar de ellos su energía si fuera necesario, y me conecté conmigo mismo para colaborar con los cirujanos en el transcurso de la operación. Además previa a la operación les mostré mi ánimo relajado para contagiarlos de este y mi confianza en ellos. Por lo que sé ahora, estoy seguro que todo aquello sirvió, pues lo primero que escuché al despertarme en el quirófano fue las risas de los galenos que bromeaban entre ellos y luego me enteré que mis respuestas fisiológicas fueron optimas en el transcurso de la operación.
Todo esto me dejó al final un sentimiento de gratitud con la vida y con Dios por permitirme estar aquí.
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